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06-04-2016 | Notas de Opinin
La Pelota Naranja

La Pelota Narnaja, imágen icónica de nuestra sagrada historia.

Un relato emocionante de un momento memorable para la eternidad, por nuestro compañero Ariel Rabone.

De pibe tuve que compartir la habitación con mi hermano. Mi abuelo, licenciado en cosas, nos había hecho una cama marinera: él dormía en la parte de arriba y yo en la parte de abajo. Mi hermano es fanático de “los innombrables” y yo nací con genética 3G: Ganar, Golear y Gustar. Mi vieja, conciliadora de profesión, nos había regalo el mismo día un acolchado a cada uno. A él, le regaló uno confeccionado en tela dril, opaco y de colores tristes como los inviernos de Suecia. El mío en cambio, parecía de satén, lucia brilloso como el Rio de la Plata en verano y tenían una mezcla aditiva de colores que desafiaban las teorías del arte, puesto que en él, se podía apreciar como la luz blanca emergía de los pigmentos rojos de algunos motivos que lo decoraban.

Cuando mi vieja hacia la cama y quedaban los dos acolchados tendidos no podía dejar de pensar en aquel tango que escuchaba mi abuela que pregonaba con lirica poética: "Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida, y herida por un sable sin remaches ves llorar la Biblia junto a un calefón...".  Esos dos acolchados juntos en la misma habitación eran un atropello a la razón. Por eso me pase toda la infancia añorando: ¡Qué lindo sería tener una habitación para mí solo!

Las peleas entre hermanos son un clásico hasta religioso y aunque hubiera deseado lo contrario con mi hermano no fuimos la excepción. 

Recuerdo que hicimos cientos de pactos, como también recuerdo, que no cumplimos ninguno. Cuando yo puse el poster de Alonso en una pared que habíamos acordado que era para mí, él fue y pegó al lado uno de Maradona. Yo no podía creer su mal gusto y aunque de estas tengo un montón para contar, nunca perdí la capacidad de sorpresa. Quizás, porque en mi subconsciente reside la idea de que algún día vaya a cambiar.

Mi hermano es un tipo territorial, como los perros que orinan para marcar su paso, él también va dejando su olor a “bosta” por donde va. En el aula de la escuela había pegado sobre en el pizarrón el escudo de “ellos” y en la barra del buffet del club, donde jugábamos al papi fútbol, se las había ingeniado para pegar una foto del “chiquero” que había recortado del diario. Un insoportable. 

La noche del sábado 5 de abril de 1986 fue la noche más larga de mi vida. Tenía mis razones: al día siguiente jugábamos el clásico de visitante. No era mi primer Superclásico, tampoco estaba por vivenciar mi primera vuelta olímpica, es más, incluso ya éramos campeones hacia un mes; después de haberle ganado 3 a 0 a Vélez aquel domingo 9 de Marzo en una tarde soleada en el Monumental. Mi desvelo se fundaba en la posibilidad contemporánea de vivir la experiencia de poder dar la vuelta en casa de los primos. Un hecho difícilmente imaginable para cualquier tiempo. Sin embargo, del sueño al hecho me separaban solo algunas horas de insomnio. 

Domingo 6 de abril, mientras mi vieja nos preparaba el café con leche, aproveché que papá descansaba y me leí el diario. Pumpido; Saporiti, Ruggeri, Karabin, Montenegro; H. Enrique, Gallego, Alfaro, Morresi; Amuchástegui, Alonso. Los once de River para enfrentarlos en su propia casa. Acompañaban en el banco de suplentes: Goycochea, Centurión, Villazán, Borreli y Gorosito bajo la dirección técnica del bambino Héctor Veira. 

Mi hermano, que ya tenía puesta la camiseta de los dirigidos por Mario Zanabria, me cantaba sin cesar, como un disco rayado, que íbamos a perder por goleada. Estaba confiado que desactivaban la vuelta olímpica. Ese día los primos formaban con  los siguientes once: Gatti; Di Natale, Higuaín, Passucci, Hrabina; Melgar, Olarticoechea, Hoyos, Tapia; Rinaldi, Graciani y los suplentes eran: Genaro, J. Sánchez, Stafuza, G. Torres, Dykstra.

La espera al comienzo del partido se hizo eterna como el silencio abajo del agua. El desvelo que cargaba a cuesta por no dormir la noche anterior comenzaba a pasarme factura y después de los ravioles de mi vieja los ojos se me cerraban. De pronto, una voz conocida pasó al olvido toda esa modorra. José María Muñoz desde La Oral Deportiva por radio Rivadavia empezaba a relatar el partido.

Al principio creí que, producto del cansancio, había alucinado que Muñoz decía que se jugaba con una pelota naranja. Pero después entendí que era cierto. El partido se inició con una pelota naranja que se movía entre los papelitos blancos que inundaban el campo de juego y con ella se jugó todo el primer tiempo. A mi gusto los partidos relatados por el Gordo Muñoz eran siempre electrizantes, pero éste, para mí tenía una carga adicional. Promediando los 27 minutos del primer tiempo se escuchaba de ambiente: “Vamos lo millos que tenemos que ganar” mientras en el campo de juego Héctor Enrique se escapaba por la derecha y al pasar entre Passucci y Hrabina el primero lo toca a bajo y Lamolina cobraba falta para River. Roque Alfaro, se dispuso frente la inédita pelota. Tomó una carrera de seis pasos y envío un centro pasado al área xeneize que hasta el día de hoy se puede ver en los videos como dormía la siesta. Como un fantasma, apareció por detrás de todos: Alonso. Conectó la pelota naranja con un frentazo y la cruzó a la posteridad, dejando impávidos a Gatti y a Higuaín. El silencio fue atroz, salvo por esas dos bandejas repletas de hinchas de River que bajo el tibio sol de la tarde deliraban junto a millones de nosotros que seguíamos el partido por los relatos de Muñoz, Victor Hugo y Pache.

Grité tanto el gol, que mi hermano se encerró en la habitación portazo mediante. Estábamos ganando. El sueño de la vuelta olímpica en la bombonera estaba cerca de ser realidad.

El segundo tiempo se juega con la clásica pelota Tango blanca y la figura excluyente fue Nery Pumpido. Ellos eran un vendaval impulsados por la gente encendida que grita para empujar. Pero a los 83 minutos, se escapó Claudio Morresi y fue derribado casi dentro del área. Tiro libre para River, un respiro. Las crónicas al día siguiente dijeron: Alonso habló con Morresi. Gatti presentía y tiro majestuoso  y por eso armó una super barrera que de tan nutrida lo tapaba a él. El Beto toma una carrera de 4 pasos y al llegar a la pelota la acarició de zurda queriendo repetir el gol de 1975 a Sánchez, pero una mano del tronco Passucci desvió el remate y la mandó a guardar en el otro palo desatando una enorme emoción que aún se puede apreciar en el retrato que he bautizado como: El llanto de Beto, inmortalizado como el retrato del gol...

Termina el partido y el sueño del pibe se hace realidad. Estamos dando la vuelta en la cancha de Boca.

Sigiloso me dirigí a la pieza y aunque no abrí la puerta, se oía la respiración de un ser devastado que con murmullo confuso buscaba explicaciones en el azar.

Y lo bien que hace. Porque la única explicación que hay para ese partido es que tuvimos suerte. ¡Claro que sí! La suerte de que Beto Alonso, el Pelé Blanco, haya nacido con genética 3G : Ganar, Golear, Gustar.

 

Por Ariel Rabone

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